miércoles, 24 de junio de 2026

Julián Rodríguez Mosquero

 


  Publicado en la revista de fiestas de Llerena 2022



 

PERSONAJES OLVIDADOS DE LLERENA

 


Julián Rodríguez Mosquero

 

 

Hoy rescato del olvido a este industrial llerenense poco conocido, del cual he encontrado muy poco, pero lo suficiente como para darlo a conocer, tanto a la persona como a su industria. En la misma época hubo varios industriales que bien podían haberse incluido en estas páginas, industrias de anisados, de jabones o textiles, pero me he decantado por éste ya que su fábrica y su producto es un mito para todos los llerenenses que a través del tiempo ha ido variando su historia, llegando a cada cual, de una forma o manera distinta, les estoy introduciendo sobre de la fábrica de cervezas de Llerena, de la cual casi todos hemos oído hablar.

D. Julián Rodríguez Mosquero nació en Llerena el día 9 de febrero de 1890 en la calle de San Pedro de dicha ciudad, hijo de Antonio Rodríguez de profesión jornalero (posteriormente fue albañil) y de Alfonsa Mosquero, se casó con Carmen Olivera Silíceo que era natural de Bienvenida.

¿Quién era Julián Rodríguez Mosquero? Bueno, esta pregunta nos la responde Arturo Gazúl Sánchez-Solana en un artículo publicado en el diario “El Correo de la Mañana” del día 8 de junio de 1926.

Extremadura industrial

Lo que cuesta un bock de cerveza

“Recuerdo un muchacho rubio y nervioso, de mirada viva, de paso firme y rápido, que recorría ls calles de Llerena trayendo y llevando cartas y papeles. Se notaba que iba siempre a lo suyo, que era activo y listo. Estaba empleado en la Banca de don Raimundo Pérez, modelo de caballeros y de amigos. Este muchacho se llamaba Julián Rodríguez. Yo apenas lo conocía y no sé por qué me obstinaba en apellidarlo Cabezas.

Aquel muchacho, ya un hombre, se había procurado representaciones y comisiones que le permitían algunos ahorros. Económico, trabajador infatigable y con aspiraciones generosas, en vez de colocar este dinero en préstamos usurarios se dedicó a poner una fábrica de aguardientes, creo que, con otro socio, el señor Delgado. La fábrica prosperó gracias a su actividad y a su inteligencia. De vuelta de una de mis largas ausencias me enteraron de los beneficios extraordinarios que rendía.

Representaba un triunfo insólito porque la competencia en la fabricación de aguardientes es muy reñida en nuestra región meridional. Cerca están Guadalcanal, Cazalla y Constantina, que explotan de antiguo esta industria y donde toda familia, mientras no se demuestre lo contrario, tiene su correspondiente fábrica con un anís especial que se anuncia en un almanaque muy feo. Ya no queda torero ni bailarina de postín que no dé nombre a estos anisados exquisitos. Algunos hasta presumen de intelectuales: hay un anís que lleva el de un ilustre dramaturgo. Pronto aparecerá el anís <Ortega y Gasset> o el <Ramón y Cajal>. Se ve que la ley seca no nos amenaza por ahora.

Nuestro pisano pudo hacer una fortuna con su fábrica de aguardiente, sin más quebraderos de cabeza. Lo difícil en la industria es acreditar un producto; una vez apreciado y conocido, el negocio marcha por sí solo. Pero Julián Rodríguez es un hombre inquieto; a su pronta inteligencia meridional une una insaciable ambición y una constancia netamente alemanas. No parece extremeño; entre nosotros hay hombres capaces de un esfuerzo grande, pero es rara en ellos la virtud de la terquedad, un ánimo sostenido y paciente. El hombre trabajador y metódico suele carecer de imaginación. Los apegados a una labor uniforme y continua pocas veces salen de lo rutinario.

Hay un romanticismo especial, el del hombre de negocios. Las grandes empresas industriales han salido siempre de este romanticismo; de imaginaciones exaltadas que soñaron mucho antes de llevar sus proyectos a la realidad. Solemos dar al factor suerte más importancia de la que tiene. Cierto que la fortuna es ciega y favorece con frecuencia a los imbéciles, pero en los hombres que con vocación espontánea y en posesión de un talento claro se lanzaron a la lucha podemos ver casi siempre que los resultados se debieron al trabajo y, sobre él, a esa especie de ardor romántico con que se lanzaron a ella. No hay fecundidad sin amor, y no hay amor grande sin ímpetu romántico. Bazil Zaharof, uno de los hombres más rico del mundo -vive aquí cerca, en Montecarlo, donde posee la mayor parte de su riqueza inmueble, decía hace poco a un amigo: “Yo he sido siempre un soñador, tanto, que de muchacho me pronosticaban que no serviría para nada práctico y que nunca pasaría de ganar un sueldo mezquino en una banca o como intérprete de un hotel”-.

A Julián Rodríguez lo veo yo así, en romántico. Había ahorrado unos miles de duros; no estaba satisfecho. Le tentaba la aventura; mil negocios se le aparecían en la imaginación, ¿por cuál decidirse?

Cuando se tienen muchas ideas y mucha imaginación, se suele uno decidir por la más descabellada. En nuestra crónica anterior señalábamos las industrias <naturales> de Extremadura. A la viva inteligencia de nuestro paisano no se le podían escapar estas empresas relativamente fáciles y asequibles a sus escasos medios.

Pero este hombre original había leído un anuncio en un periódico, se ofrecía en él un alemán, uno de los muchos que la guerra retuvo en España, a enseñar la fabricación de la cerveza. Una fábrica de cerveza, ¡qué gran idea! Julián no sabía de otra cerveza que las que le servían las raras veces que entraba en un café. Había que recurrir al alemán. La suerte estaba echada. Todos los otros negocios fantaseados quedaban descartados.

Digamos la verdad; el proyecto era disparatado y yo no extraño que en los primeros pasos nuestro paisano encontrase obstáculos y desdenes, que se le negaran préstamos, que viera caras burlonas y sonrisas escépticas; y que las personas de quien podía esperar ayuda, porque conocían su honradez, su inteligencia y su laboriosidad, le negaran apoyo y dinero. Su empresa era una aventura demasiado arriesgada para que no causara en los demás recelos y temores. El dinero es cobarde y la amistad, por lealtad de afecto y por mirar demasiado cerca, que es un modo de no ver a los hombres excepcionales, suele ser no un aliento sino un desaliento al aconsejarnos.

En general el buen amigo, la esposa y hasta el propio padre, son los que dicen: -¡qué locura...pero dónde vas a meterte... tú no sirves para eso!-.

... Ya estaba aquí el alemán del anuncio. Conferencias, viajes, compra de maquinaria, instalación... Yo no puedo asegurarla odisea de nuestro paisano paso a paso -pasos de verdadero calvario-. Sólo diré que después de un sin fin de obstáculos, de muchos días de insomnio, de haber comprometido su fortuna hasta el último céntimo, de tropezar con muchos canallas siendo explotado y engañado, porque ¿cómo podía improvisar una cultura técnica ni preveer las peripecias de un negocio en que había entrado a ciegas, un negocio complicado y dificilísimo? Después de una lucha que sólo podía resistir un hombre de acero, una fe y una voluntad inquebrantables, la cerveza salió...

Yo, que suelo pasar raras temporadas en Llerena, no sabía lo que representaba como esfuerzo de un hombre la botella de cerveza que me traía mi criada con la misma satisfacción que el primer plato de fresas o el melón temprano. ¡Cerveza de aquí! El oro líquido espumeaba en el vaso; era, sin duda, cerveza, pero detestable; de un amargor áspero, de un gusto alcohólico y fuerte. Sin embargo, bebíamos <la novedad>. Y la bebieron otros, en muchos pueblos de la provincia. Se subía pronto a la cabeza; a ello se debió que se consumiera bastante y que los hombres de campo gustasen de la nueva bebida.

El primer descontento fue el fabricante. Aquella cerveza no era la que él intentaba dar. Recomenzó la lucha, más dura todavía que antes. Necesitaba mucho dinero para sustituir por completo la maquinaria. Ya estaba orientado; sabía cómo se hacía buena cerveza, pero se daba cuenta de que con aquellos <cacharros>, que suponían un capital importante, no saldría nunca nada mejor. Su fe se afirmaba: el negocio era bueno, pero lo hecho no representaba sino un ensayo. Encontró capital; ya habían desaparecido los gestos burlones, las dudas y las sonrisas escépticas. Aquel hombre había dado tal ejemplo de energía que el ayudarlo ahora no suponía seguirlo en una aventura ciega. Con todo, debemos rendir un elogio a los que pusieron a su disposición cantidades de importancia; el capital en Extremadura no suele prestar apoyo a las empresas industriales; mira a la hipoteca de la tierra o de la casa; tiene alma de cuervo o de Sylck.

La fábrica se rehízo de arriba abajo con maquinaria de primer orden. Vino otro alemán, excelente técnico. Y la cerveza salió bien y saldrá cada vez mejor, porque el darle el punto y sabor propio depende lo mismo de la manipulación que del tiempo. Jules Huret nos contaba detalles muy curiosos de su fabricación cuando visitó las fábricas de Munich. La receta es la misma, y sin embargo, el gusto de la cerveza cambia en cada fábrica. Los consumidores expertos distinguen en las cervecerías de Munich su procedencia, como los más finos catadores de vinos su edad y su origen. Pueden emplearse las mismas materias, someterlas a idénticas manipulaciones, aplicar iguales procedimientos, y estar las fábricas próximas; el matiz del gusto es siempre distinto; responde a todo y a nada; es un misterio.

El mal principio de esta cerveza extremeña fue causa de que sistemáticamente se rechazara cuando ya por su calidad podía competir con la que viene de otras provincias. Si hay alguna tierra desconfiada y hostil hacia lo suyo, podemos asegurar que es la nuestra. En la capital y algunos pueblos, cuando pedía uno cerveza de Llerena, lo miraban de arriba abajo como a un ser muy raro que pretendía ingerir un brebaje absurdo. Fue preciso una especie de cruzada en los cafés y en los bares que el señor Ballesteros -otro hombre activo, inteligente, nervioso... y rubio- capitaneó con un ardor y una convicción heroicos.

Entre tanto nuestro fabricante sonreía. ¿Anuncios?, ¿para qué? Ya la cerveza era de excelente calidad y los pedidos de otras provincias superaban las posibilidades de producción. La fábrica funcionaba a pleno rendimiento, y ante la importancia de la demanda no había que pensar sino en agrandarla de modo a dar nuevos vuelos al negocio. Toda propaganda le era al fabricante indiferente. El señor Ballesteros, que entiende las empresas a la americana, no pensaba lo mismo. Y durante algún tiempo los lectores leyeron seguramente los sensacionales reclamos aparecidos en nuestra prensa. Así, por la calidad del producto y por un bien entendido reclamo, se llegó a conseguir que casi todos los extremeños concluyeran por beber la <malquerida> cerveza de Llerena.

Yo no había hablado nunca con Julián Rodríguez. El verano pasado me lo presentó mi amigo Manuel Cano, y juntos visitamos la fábrica. Un alemán, enorme y jovial, dirige las manipulaciones. Pero ¡que incomparable animador su propietario!, es un dios que está en todas partes. Del escritorio salta al tostadero de cebada; despacha a un cliente; corre a llenar unas botellas; firma una factura; acude a la caldera reclamado por una consulta; sale en el auto a toda máquina para conferenciar con un representante; examina un montón de catálogos; despacha un pedido... Se le ve en Huelva, en Sevilla, en Mérida y no se le ve porque es una centella. ¿A qué hora come y cuantas horas duerme? Nadie lo ve comer ni nadie sabe cuáles son su7s horas de descanso. Mientras en el casino, en la plaza o en casa de Pepe Gallego conversábamos indolentes, contagiados de la nirvana pueblerina, en un curto pequeño de una casa destartalada, aquel hombre, todo nervio y todo inteligencia, escribía en grandes libros de caja, ordenaba facturas, contestaba cartas, tomaba notas hasta altas horas de la noche. Y junto a él un adolescente, casi un niño, ordenaba papeles y escribía también; el hijo ayudaba al padre; era ya el socio, el amigo y el confidente. ¡Qué ejemplo de energía y de espíritu activo!

¿Queréis una evaluación material, en cifras, de lo que representa la obra de este llerenense? Se aproxima a medio millón de pesetas. Y puede decirte que es ahora cuando el negocio está en marcha... No hay que hacerse muchas ilusiones industriales a la vista de este triunfo. Es el valor del hombre; yo estoy seguro que nuestro paisano hubiera prosperado lo mismo con una fábrica de sombreros o con la explotación de un cine. Se nace así; llamamos voluntad a esta cantidad de energía que fatalmente ha de emplearse en una gran obra constructiva. Yo admiro y me inclino ante estos individuos, y más cuando son extremeños. Así debieron ser los conquistadores, poseídos de esta audacia, de este fuego sagrado de la acción. Hoy la raza está como cansada, como agotada; pero cuando surge un ejemplar de estos recobra uno un poco de ilusión y de fe en el porvenir. Precisamente casi todo lo importante que se ha hecho en Extremadura en el orden práctico y económico ha sido obra de montañeses. En este caso podemos asegurar que se trata de un extremeño auténtico, de pura raza y de la mejor raza.

El cronista -hablo en general- suele padecer la obsesión de la literatura, o más extensamente, del arte. Así solemos divorciarnos de la vida y desdeñar muchas cosas y muchos esfuerzos que son dignos de comentario y de atención. Esto de reservar la letra de molde sistemáticamente para el literato, la bailarina, el pintor y el torero no me parece justo. Bien está que nos ocupemos de ellos, pero no con tanta exclusividad que seamos indiferentes a otras actividades personificadas en individuos de valía excepcional. Arte es al fin el de un agricultor modelo, el de un industrial, el de un buen maestro de obras, el de un productor de vinos...

Yo sé que a veces nos priva de dedicarles un elogio al temor a que se sospeche un reclamo a tanto la línea. Creo estar a cubierto de esta sospecha. Si algo bueno encierra mi labor está en la generosidad que me inspira mirando los intereses generales de Extremadura. Y si abuso un poco de los temas llerenenses se debe a que es Llerena el pueblo donde estoy domiciliado y el que me liga a nuestra región.

Hablo de lo que mejor conozco, de lo que he vivido y donde he vivido. Que otros sigan mi pauta y que saque a luz, igualmente, aquellos valores individuales dignos de estimación y de elogio. Me parece un modo de regionalismo noble y eficaz. La alabanza, cuando es justicia, es la mejor de las justicias; llena de satisfacción el corazón del que la otorga y del que la recibe. Y para los que la leen es estímulo y ejemplo. Sólo la envidia puede llamarse aparte; per ¿quién daría un paso en la vida si la temiera? Bienaventurados sus víctimas, porque de ellos es la superioridad.

ARTURO GAZUL

Niza. - Mayo.”

 

De esta manera escribía nuestro paisano el escritor y periodista, desde Niza, Arturo Gazúl sobre el personaje de este año, y sobre su industria. Dos años antes en febrero de 1924 el periodista Enrique Corral ya describía al personaje y su gran fábrica de cervezas y publicaba este artículo en el diario madrileño “El Globo” ...

 

 


 

En la revista madrileña “Panorama” del día 25 de febrero de 1928 aparece un artículo sobre Julián Rodríguez Mosquero, dicha revista indica en su cubierta que es una revista ilustrada con estudios e impresiones de hombres y cosas de los pueblos ibero-americanos. Comienza a publicarse el 28 de abril de 1923 y, en un formato apaisado y compuesta a dos columnas, contiene principalmente semblanzas de personajes de actualidad (políticos, diputados, alcaldes, militares, nobles, diplomáticos, jerarcas católicos, hombres de negocios, industriales, etc.), una especie de quién es quién, tanto en España como en otros países iberoamericanos, además de breves artículos divulgativos o impresiones de variada temática. Inserta, asimismo, fotograbados de personalidades, de edificios singulares y vistas de ciudades.

  Éste es el referido artículo...

 


 

Del libro “Llerena, sus calles, historia y personajes” del autor Luis José Garraín Villa extraemos la siguiente información sobre nuestro personaje de este año:

Que en las casas de la calle Cárcel de la ciudad de Llerena, en los edificios señalados con los números 7 y 9 D. Julián Rodríguez Mosquero instaló en 1919 una fábrica dedicada a la elaboración de cervezas con la marca “La Extremeña”. Comenzó a producir barriles de 25 y 50 litros y botellas de 33cc y de 85cc. La maquinaria y el lúpulo lo importó de Alemania y pronto expandió su mercado ampliando la producción.

Para ello necesita agua en abundancia por lo que en el propio edificio hizo un pozo de 130 metros de profundidad. Que el día 6 de noviembre de 1930 adquirió un solar de 2169,6 metros cuadrados en la carretera de la estación para edificar una fábrica de malta. Además, este industrial contó con su propia fábrica de envases de vidrio en la calle Alcantarilla.

En 1936 vendió la fábrica de cervezas a D. Felipe Osborne y en 1937 cambió su nombre por el de “La Cruz del Campo”. El contrato de venta se materializó el 5 de septiembre de 1938, por un precio total de 200.000 pesetas, incluyendo en la venta los edificios de la maltería y la fábrica de envases. A partir de 1953 comenzó su declive trasladándose la fábrica a Mérida y posteriormente al cerrar, toda la maquinaria y utensilios se los llevaron a Sevilla.

 

En el diario “El Correo de la Mañana” del día 22 de febrero de 1925 aparece la noticia de la visita del Sr. La Cierva expresidente del Consejo de ministros a Llerena para la inauguración oficial de la nueva fábrica de cervezas “La Extremeña”, se había remodelado por completo en 1924 tal como dice el diario y ya lo comenta también Arturo Gazúl en su artículo...

 


 

Julián Rodríguez Mosquero fue un gran industrial, hijo de jornalero se hizo a si mismo, primero empezando como mozo en la banca del Sr. D. Raimundo Pérez, luego como socio invirtiendo sus ahorros en una fábrica de anisados y por último haciéndose empresario en el mercado cervecero. En 1926 fue el segundo mayor contribuyente de Llerena pagando una cuota de contribución de 4.160,33 pesetas por detrás de D. Fernando Zambrano de Alday que pagaba 14.533,48 pesetas. Terminó vendiendo su fábrica tras el fallecimiento de su hijo mayor en 1936, en un viaje a Mérida fue denunciado por un paisano republicano por ser un “señorito”, siendo encarcelado y posteriormente fusilado. Este tremendo golpe hundió emocionalmente al empresario que sin ánimos lo dejó todo, vendiendo para marcharse a Sevilla.

 

 



 





 

 


 


 

 


 

 

 

                                                                                            Miguel Ángel Mateos Millán